"¿Qué hacés, loco?", saluda Sebastián, dejando escapar su tono porteño, y extiende la mano por encima de la barra de madera oscura. "¿Cómo va, chabón?", le responde Matías, del otro lado del mostrador, e inclina el cuerpo un poco hacia adelante para acompañar la bienvenida con una palmada en el hombro. La escena, casi una rutina en cualquier encuentro de amigos en la Argentina, es una de las pocas expresiones de argentinidad que pueden presenciarse en estos días en las Malvinas.
Los protagonistas del saludo, que enseguida deriva en cargadas y otros intercambios amistosos, también son singulares. Sebastián Socodo, de 32 años, y Matías Rodríguez, de 23, son dos de los 29 argentinos que viven en las islas, menos del 1% de sus 3142 habitantes. Se hicieron amigos acá, y, ahora, además, Matías se puso de novio con una de las hermanas de la mujer de Sebastián.
No es lo único que tienen en común. Los dos prefieren mantenerse lo más lejos posible del conflicto que mantienen la Argentina y el Reino Unido por la soberanía de estas islas.
Ese rasgo es, en realidad, compartido por todos los argentinos que viven aquí, en lo que parece ser el requisito básico para ser aceptado y bienvenido por los isleños. No hay lugares especiales para los argentinos y los pocos que viven acá nunca se reúnen. Algunos prefieren no hablar, en su condición de argentinos, con los periodistas llegados desde Buenos Aires.
"Aunque voy a morir siendo argentino, hace tanto tiempo que vivo en las islas que me siento más parte de acá que de allá", explica Sebastián. Nacido y criado en Quilmes, llegó a esta ciudad hace once años, después de casarse con una isleña que vivía en la Argentina.
La conoció en una escuela secundaria de Claypole. Ella se había ido a vivir al sur del conurbano bonaerense, con sólo tres años, cuando estalló la guerra, en abril de 1982. Su padre, de familia británica pero nacido en la Argentina, sacó a todos sus hijos de las islas para mantenerlos a salvo de los enfrentamientos que se acercaban a la ciudad.
"Estoy totalmente agradecido de lo que tengo acá. Puede darles educación a mis hijos, estoy trabajando y me siento respetado", dice Sebastián, padre de dos hijos, el menor, nacido aquí. Tiene un jean azul, anteojos negros y una remera con el símbolo del cuerpo de bomberos local. Es uno de los trabajos que hizo desde que llegó a esta ciudad.
Hoy es empleado del área de mantenimiento de oficios públicos de la municipalidad y, con su camioneta, ofrece recorridas turísticas por los campos de batalla. También tiene un tercer trabajo: es el encargado del mantenimiento del cementerio de Darwin, donde descansan los restos de la mayoría de los 649 soldados argentinos caídos durante la guerra.
No es su único lazo fuerte con la Argentina. Sebastián tiene en Quilmes a su familia. "A mi mamá la traje cinco semanas y, cuando vio cómo vivimos acá, me dijo: «No vuelvas a la Argentina nunca más»", dice, ahora al volante de su camioneta, camino al cementerio.
Mientras el vehículo circula cerca de campos minados, suenan los Wachiturros, un regalo que le mandó a Sebastián uno de sus hermanos, para mantenerlo actualizado. Es hincha de Boca, pero le interesa más el rugby.